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La suave
geografía del Viejo Continente, las
abarcadoras redes y la tradición de viajar
en tren han ayudado a las compañías
ferroviarias europeas a afrontar crisis,
huelgas y retrasos sin perder el apoyo de la
mayoría de sus clientes.
Pero ese
patrocinio se ha tenido que probar frente a
la agresiva competencia de los vuelos aéreos
económicos que han inundado el cielo europeo
con sus aviones y sus promesas de eternas
gangas y mejores horarios. Ante esta nueva
realidad los trenes han respondido con rutas
más atractivas, veloces máquinas y mejores
conexiones.
Quién quiere
pasar una hora apretado en un asiento de
avión cuando puede abordar un ICE alemán y
viajar a sus anchas a 300 kilómetros por
hora (186 millas) de París a Frankfurt. Por
qué atragantarse de dramamina para no
marearse en un ferry cuando se puede viajar
en un veloz Eurostar por el épico Túnel del
Canal de la Mancha entre Francia y Gran
Bretaña.
Bautizados
con nombres como Thalys, AVE, ICE y TGV, los
trenes de alta velocidad se han convertido
en parte del panorama europeo y han logrado
unificar, mejor que cualquier poder
político, las urbes y las gentes de este
continente.
La
posibilidad de tomarse el té de las cinco en
Londres para luego abordar un tren a tiempo
para llegar a cenar en París hubiera saciado
hasta el hambre imperial de Napoleón.
Pasearse en la mañana por las calles de
Madrid, para luego darse un chapuzón
temprano en la tarde en el Mediterráneo o en
el Cantábrico, reconforta en su tumba hasta
a Isabel de Castilla. Para el viajero de
trenes rápidos el camino hasta ahí ya es una
meta digna de recorrer.
Por América Alcántara.
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